Como abogado, siempre he sabido que una historia siempre tiene -al menos- dos lados. Y generalmente, por muy sufrida, trágica y víctima de abusos que suene uno de los lados, suele haber siempre una versión que cambia nuestra perspectiva de ambos bandos.
Lo ocurrido en el Estado de México no es la excepción. La primera vez que vi el video, tardé bastante en salir del asombro. Digo, no es común, ver a una señora de la tercera edad sostener un arma de fuego. Su postura vacilante para sostener el arma y su peor postura para apuntar, parada detrás de una persona que con mucha mayor resolución y desenvoltura se mueve con otra arma de fuego, hacía suponer que se trataba de una operación medio improvisada que tenía como único objeto amedrentar a una familia, que a juzgar por los gritos que daba quien sostiene el celular, estaba teniendo cierto éxito.
Pero de la nada, todo se sale de control, se escuchan disparos, hasta entonces aparentemente con la intención de asustar, pero luego, para sorpresa de todos, la señora acciona su pistola y le asesta un tiro a un sujeto parado en el jardín de la casa. Los gritos desaforados de quien graba advierten que acaban de herir a su tío, un hombre de mediana edad que se tira en el piso presa del dolor. Precisamente en el ánimo de ¿cubrirlo? Se aproximan a él otras dos personas y sin mediar advertencia alguna, la señora dispara contra el joven detrás del ‘tío’, con tal precisión que este se desploma prácticamente muerto.
Eso desencadena una reacción inmediata de los habitantes de la casa que, milagro de por medio, incluye al ‘tío’ poniéndose de pie para rodear a la señora y tratar de reducirla a punta de chingazos. El otro sujeto armado reacciona y entre ambos sueltan una ráfaga de tiros que termina por dispersar a los rijosos, lo que les da tiempo para emprender una huida bastante relajada.
Hasta ahí, una locura. No sabes qué acabas de ver, no sabes cómo articular una explicación a una situación que se antoja rarísima. Hasta donde sabemos los comandos del crimen organizados no emplean mujeres de la tercera edad en vestido para realizar sus fechorías. Y tampoco sabemos qué motivo semejante movilización.
Unos están armados ¿los malos?, otros parecen estar en su casa, desarmados, cuando son agredidos de la nada ¿los buenos?, unos parecen abrir fuego sin apenas provocación contra los otros y los otros terminar heridos, uno de ellos muerto y huyendo. El veredicto es claro. Los pasajeros del vehículo son los malos y están locos de atar.
Pero luego, nos enteramos de que hay más contexto: la supuesta familia que no rompe un plato, son parte de una organización -como hay muchas- que se apoderan de casas y predios y locales y comercios y todo aquello que puedan, por las malas, en montón, a la brava y solapados por las autoridades con quienes suelen tener acuerdos de, llamémosle, inmunidad.
Después de rascarle un poquito, se supo que la señora intentó recuperar su propiedad a través de las vías legales adecuada, pero como se dice, la dejaron en visto. Seguramente harta, cansada y enferma de coraje por la burla, la humillación y el abuso, decidió que la vía más rápida para recuperar su propiedad, llenando con la sangre propia o la ajena el piso de la misma, era enfrentarse a esta gente a plomazos. El muertito, se sabe ahora, posaba armando en sus redes sociales, así que llevar un arma no era un exceso, era apenas una medida precautoria, especialmente cuando se nota a leguas la inexperiencia en usarla.
No sé, habría que preguntarle a la señora ahora detenida si cree que valió la pena. No creo que recupere pronto su casa, ni su libertad. No sé si los otros hayan aprendido la lección si quiera y decidan salirse. No sé si los demás miembros de la organización lo vean como algo que pueda llegar a ocurrirles.
Sé sin embargo que, la noticia nos dividió como sociedad, hay un lado que apoya -figurativamente- a muerte a la señora, la ve como una heroína digna de corridos y apoyo por enfrentar a los lacras; hay otro lado que, ve desproporcionada la acción, un acto de locura para recuperar un bien material, enlutando en el camino a una familia desposeída. Pero lo que sé con absoluta certeza es que, como siempre, las autoridades quedaron como lo que son. Una banda de inútiles.
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